La contra-revolución

por Rafael L. Bardají, 16 de septiembre de 2021

Nos guste o no, España está viviendo una revolución. De corte socialista en lo económico; de ideología comunista en lo social; y de fragmentación separatista en lo territorial. De una manera inimaginablemente acelerada y escondida tras el manto del miedo que se ha inoculado en los españoles con la pandemia.

Frente a la ruina que nos promete el gobierno del precio de la energía más caro de nuestra Historia,  de los impuestos más altos de nuestra Historia y del gasto público menos productivo de nuestra Historia; frente a la ideología que niega las obviedades fisiológicas básicas y que confunde sexo y género, que aspira a adoctrinar a todos los niños y niñas, “hijos del Estado”, que quiere dejarnos sin jamón para picotear y que preferiría que rezáramos en las mezquitas en lugar de nuestra iglesia; frente a quienes reniegan de España pero bien que se amamantan de ella; frente a todo eso sólo nos queda Vox, la única fuerza política que defiende la identidad española, el trabajo de los españoles, la familia y la libre educación.

Rajoy transformó el PP de Aznar en un partido sin valores. Pablo casado lo ha llevado a defender sólo uno: hacerse con el poder como sea y con quien sea, pero llegar al poder. Alguien ha dicho que, si recurriéramos a la metáfora del coche en la carretera, la izquierda española andaría desbocada, bien por encima del límite de 120 Km/h. Mientras que el PP sería la socialdemocracia que marcha a 120, respetando las señales. Da igual, lo que está claro es que Génova prefiere pactar con el socialismo a atarse a Vox. Lo hará en Andalucía con los presupuestos y lo repetirá a nivel nacional en cuanto el PSOE se lo permita.

En cierta medida, habida cuenta de las fuerzas en presencia, la defensa por parte de Vox de una España sensata, tolerante y próspera, no rendida a los cánticos de la izquierda y la progresía, puede llevar a recordar la gesta de Leónidas y sus 300 frente a las huestes de Jerjes. Y, sin embargo, para ganar esta guerra civil 2.0 a la que la izquierda nos aboca, mal haría Vox en caer en el síndrome de las Termópilas. Cierto, Leónidas resistió ferozmente; Leónidas resistió con honor; pero su sacrificio resultó finalmente inútil. Persia les derrotó y llegó hasta Atenas.

Hay quien puede creer que más vale honra sin barcos que barcos sin honra, en la estela del quijotesco almirante Casto Méndez Núñez, pero enfrentarse a los panzers de la nueva izquierda española a la usanza de la caballería ligera polaca, sólo significaría el triunfo de la revolución social-comunista y más separatismo.  Vox tiene que ser más inteligente. Desquiciar a la izquierda sirve para el propósito de sacar pecho y hacer saber que “aquí estamos”. Sin complejos. Pero no puede ser el objetivo estratégico. Machacar a la derechita cobarde, inane y traidora -o como se quiera adjetivar- sirve para sacar el coraje que llevan dentro los hombres y mujeres de Abascal y distinguirse de un centroderecha que, en realidad, es la prolongación moderada de la izquierda. Pero tampoco puede ser el objetivo último.

 

El objetivo último de Vox debe y tiene que ser vencer a la izquierda seduciendo y atrayendo a sus filas a los descontentos del PP y C´s y a todos aquellos que se sienten traicionados por una izquierda que se ha quitado la careta y que vive a cuerpo de rey mientras suelta migajas al resto, que no hace lo que dice y que sólo piensa en vivir a costa de los demás.

 

Y en este juego no valen ni los “patas negras” ni los herederos del Santo Oficio. Seducción, generosidad y atracción van unidas. Y Vox tiene que saber plantearse cómo resultar más seductor ante más gente y en un clima hostil en el que todos los medios querrán manipular su relato. El resto de Vox es construir una gran tienda donde cuanto más quepan, mejor. Encerrarse en su reducto le alejaría de su potencial éxito y, lo que es peor, condenaría a España a su extinción.